
Cuestión de discurso
Que los mercados condicionan su comportamiento a las expectativas futuras, es algo sabido por todos los agentes que lo componen, frases como “Compra con el rumor y vende con la noticia” tienen su origen en este principio básico.
Pero, ¿Cómo se generan dichas expectativas? Uno podría pensar que son el resultado del frío análisis de indicadores adelantados tanto a nivel micro como a nivel macro. No es tan sencillo.
El comportamiento de los inversores tiene un fuerte componente emocional, lo que explica que un mismo dato pueda tener una lectura positiva o negativa en función del estado de ánimo de los inversores. ¿No me creen? Un ejemplo.
Dato de reservas de crudo en EE.UU., con un resultado de aumento de dichas reservas.
El mercado sube; la lectura es que un aumento de las reservas presionará a la baja el precio del crudo y será favorable para los márgenes de las empresas generando expectativas de impulso de la economía.
El mercado baja; la lectura es que un aumento de las reservas indica un menor consumo por parte de las empresas, lo que se traduce en expectativas de ralentización de la economía.
Este componente psicológico tan importante es lo que transfiere a la comunicación de los datos un peso similar a la naturaleza de los mismos; el discurso.
Una de las principales diferencias en la forma de actuar histórica entre Estados Unidos y Europa a nivel de política monetaria, entre la FED y el BCE, ha sido la comunicación.
La FED, más allá de componentes ideológicos y mandatos, siempre ha calculado al milímetro la comunicación sobre su posicionamiento. Éste, ha sido enfocado reiteradamente a la reacción de los mercados, no tanto en la profundidad del mismo sino en la puesta en escena.
El BCE, sin embargo, ha despreciado sistemáticamente el efecto de sus decisiones respecto al mercado y especialmente en lo referente a la comunicación de las mismas.
Este diferencial de comportamiento obedece, desde mi punto de vista, a la importancia mayor o menor que ambos organismos han dado a los mercados y al denominado efecto riqueza.
Dicho efecto, simplificando, se resume en que si yo como consumidor creo que soy rico, producto de la revalorización de mis activos, como pueden ser acciones o bonos, tenderé a consumir más independientemente de que en la práctica consolide o no dicha revalorización.
Bajo este principio, la política monetaria americana, y sobre todo la comunicación de la misma siempre ha procurado tener un impacto positivo sobre los mercados creyendo que la aprobación de la misma por parte de los inversores impulsaría a la economía vía efecto riqueza. En Europa dicha consideración ha sido nula.
Este sesgo, que puede parecer menor, se ha magnificado cuando, producto de una mala comunicación, se han tensionado mercados tan sensibles como los mercados de deuda soberana. Esto explicaría en gran medida por qué en Europa países con ratios de DEUDA/PIB muy inferiores a otros, como es el caso español, tienen prácticamente cerrados los mercados de capitales o por qué países como Grecia, con un peso irrisorio sobre el conjunto de la Unión Económica Europea, han puesto en peligro la continuidad de la misma.
Como inversor en muchos casos, uno no puede más que intentar diferenciar entre realidad y percepción de la misma. ¿No comprar determinados activos por su bandera o comprarlos basándose en sus múltiplos objetivos?
Para mí, la respuesta es obvia; pero es cuestión de discurso.